en Neus Muñoz

‘Supervivientes 2018’ cosechó una media global de 29,2% de share y ‘Gran Hermano VIP 6’ se está abonando a cifras en torno al 30%. Dos datos lapidarios que muestran cómo los reality shows arrastran a miles de espectadores frente a la pantalla. Este género televisivo, convertido en el guilty pleasure de muchos de sus seguidores, crea adicción. Y nosotros sabemos el porqué.

Para que un reality tenga éxito, no solo es suficiente encerrar a un grupo de personas para que convivan juntas. Las reglas del juego han cambiado y el supuesto argumento de «experimento sociológico» con el que se promocionó la primera edición de ‘Gran Hermano’ ya no sirve. Los espectadores piden más.

¿Cuáles son las claves para que los reality shows sigan siendo los reyes de la parrilla televisiva? ¿Qué factores hacen que el espectador no compre la telerrealidad y cambie de canal?

LIKES

Famosos. ‘Gran Hermano Revolution’ (concursantes anónimos) promedió un 14,7% de audiencia, una cifra que está muy por debajo de la alcanzada por ‘Superviventes 2018’ y ‘GH VIP 6’ (concursantes famosos). Un reality de famosos siempre es más llamativo – y da más salseo – que uno de desconocidos, puesto que no es lo mismo ver a un personaje popular soportando un elevado grado de estrés o pasando hambre, que a una persona que no conocemos de nada.

Redes sociales. El espectador necesita que el programa le haga caso teniendo en cuenta las propuestas y quejas que publica en las redes sociales. Si el espacio televisivo recoge las opiniones de su audiencia y las incluye en el desarrollo del reality, el éxito está asegurado.

Novedad. Atreverse siempre a ir un paso más allá de lo que se haya hecho anteriormente es una manera de mantener el interés de los telespectadores.

El poder del espectador. Empoderar al espectador, convertido en un ser omnipresente, es un gran acierto. El hecho de poder controlar a nuestro antojo el destino de otros dentro de un concurso contribuye al enganche.

DISLIKES

Montajes. Si hay algo que la audiencia odia son los montajes, y más los montajes descarados, aquellos en los que no hay una mínima intención de hacer que parezca real.

Exceso de información del exterior. Los puristas de los reality shows como ‘Gran Hermano’ estarán de acuerdo en que filtrar en exceso información del exterior para hacer estallar los conflictos no es lo más idóneo. La naturalidad también se premia y dirigir las tramas desde la organización va en contra de las normas del juego.

Sí que hay límites. No al machismo, no a la homofobia, no al racismo y no al maltrato animal: aquí están los límites y, si se traspasan, la revolución en las redes será inminente.

Bien sea por ser testigos de otras realidades que nos hacen salir de la rutina o por saciar nuestra vena cotilla, los reality nos enganchan. De hecho, científicamente hay una atracción confirmada: según un estudio publicado en ‘Psychology Today’, los programas de telerrealidad son una verdadera droga. Los dos factores que forman la ecuación perfecta para atraer a los adictos son, básicamente, el voyerismo y un casting acertado.

Hay quienes siguen los reality con distancia, sabiendo en todo momento que es un programa de entretenimiento con el que pasar un buen rato. Otros, en cambio, lo viven intensamente, identificándose con unos o con otros. Estos últimos acostumbran a formar parte del grupo de la audiencia votante, es decir, la que al final se gasta el dinero para salvar a su favorito. Cualquiera de las dos formas de consumir este tipo de programas es lícita puesto que, al fin y al cabo, todo cuenta para el share.

 

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