en Dani Sorolla

Las hemos hecho responsables de llevar a Donald Trump en volandas hasta la Casa Blanca, del inesperado triunfo del Brexit, de buena parte de los males del periodismo y, si me apuran, hasta de la democracia.

Las noticias falsas, ‘fake news’ en inglés, han impregnado nuestro paisaje cotidiano y lo han transformado, casi sin darnos cuenta, a eso que llamamos “la era de la postverdad”. Todos estamos expuestos, nadie está a salvo de ellas. Tampoco periodistas de innegable prestigio como Pepa Bueno o Manuel Campo Vidal, víctimas de un bulo, que avalaron con su retuit, lanzado a modo de broma por el usuario de Twitter Peryim, en el que trataba de ensalzar los logros de una supuesta Montaña García, ganadora de las Olimpiadas de Física y Química 2018. La realidad es que no había ninguna Montaña García y la foto de la aplicada estudiante correspondía a la actriz porno libanesa Mia Khalifa.

Un problema exponencial

Aunque se nos presenten como un fenómeno rabiosamente actual, un mal de nuestro tiempo, las noticias falsas son tan antiguas como las verdaderas y como el propio periodismo. “Las mentiras, seducción, persuasión, la hipocresía y la adulación siempre han asistido a la vida pública; hechos alternativos y noticias falsas han sido parte de la materia prima de la política y el periodismo durante siglos”, escribe John Lloyd en un artículo publicado en el ‘Financial Times’.

Las noticias falsas se comparten más y a mayor velocidad que las informaciones veraces

Lo que ha cambiado, y ha multiplicado el peligro que representan, es su exponencial capacidad de difusión gracias a las nuevas tecnologías y herramientas digitales. Su proliferación resulta especialmente problemática al calor de las redes sociales, cuya potencia amplificadora amenaza con convertirlas en armas de influencia masiva.

En este sentido, un estudio del Instituto de Tecnología de Massachussets (MiT) publicado en ‘Science’ concluye, tras examinar la circulación de 126.000 noticias entre 3 millones de usuarios de Twitter, que las noticias falsas se comparten más y a mayor velocidad que las informaciones veraces.

Parece evidente que el problema está ahí y debe ser atajado cuanto antes. Están en juego pilares tan básicos de nuestra democracia como la libertad de la información o el pluralismo informativo.

La guerra contra las ‘fake news’: un campo minado

Definir qué son las ‘fake news’ es una tarea compleja y exige una reflexión serena. Meter en el saco de las noticias falsas toda información que no se ajusta a la realidad es peligroso e irresponsable, puesto que un abuso de la propia etiqueta puede llevar a aplicar este calificativo a cualquier noticia que convenga desacreditar, como señala Joaquín Urías, en un artículo publicado en el blog de ‘infoLibre’. Un claro ejemplo de ello es Donald Trump, quién no duda en calificar de ‘fake news’ cualquier información que sea desfavorable a sus intereses.

Tanto o más complejo que definir el concepto ‘fake news’ es idear una estrategia efectiva y benigna para combatirlas. “Destruir un bulo es mucho más difícil que crearlo”, apunta Lucía González, responsable de ‘Verne’, en un debate sobre noticias falsas organizado por la Plataforma en Defensa de la Libertad de Expresión (PDLI).

Estados, instituciones, partidos políticos, medios de comunicación y grandes corporaciones tecnológicas se han puesto manos a la obra ante la evidencia del dañino efecto de las noticias falsas.

Europa, Alemania, Reino Unido, Francia o Italia tienen leyes que penalizab la desinformación en la red

¿Un policía contra las noticias falsas?

Una cuestión sobrevuela todas las estrategias para librar esta batalla: ¿Quién decide qué es mentira y qué es verdad?

Es comprensible pensar que exista una obligación estatal de luchar contra las noticias falsas. Sin embargo, no son pocos los que recelan de la idea de dejar exclusivamente en manos de los Estados la guerra frente a las ‘fake news’. En Europa, Alemania, Reino Unido, Francia o Italia ya tienen en marcha leyes que, en mayor o menor medida, penalizan la desinformación en la red.

Todo ello, pese al frenazo europeo en esta materia, que ejemplifica la renuncia de la Comisión Europea a legislar contra las noticias falsas. “No queremos que se nos acuse de querer ser un ministerio de la verdad. No queremos que haya una legislación que diga: ahora vamos a decir lo que es cierto y lo que es falso.”, ha explicado la comisaria de Economía y Sociedad Digitales, Mariya Gabriel, en declaraciones a ‘El País’.

Y es que, son muchas las voces que advierten de ese peligro. “La amenaza que veo dibujarse no es la de las ‘fake news’ sino la del autoritarismo de Estado y su autonomización en tanto que agente de control de la opinión, afirma el historiador, sociólogo y politólogo francés Emmanuel Todd, en una entrevista en L’Obs.

En nuestro país, diversas organizaciones y medios de comunicación han elaborado el manifiesto ‘En defensa de la libertad de información’, en el que dan cuenta del riesgo de justificar la injerencia política en el trabajo periodístico con el pretexto de controlar las noticias falsas. «Consideramos muy peligroso que los Estados procedan a definir legal o administrativamente las nociones de bulo o noticia falsa», aseveran las organizaciones, que rechazan una legislación específica frente a las ‘fake news’ en defensa de la libertad de información.

¿Y qué hay de las grandes corporaciones tecnológicas? Gigantes como Twitter y Facebook han anunciado medidas para limitar el impacto de las noticias falsas en sus plataformas. La compañía de Mark Zuckerberg, por ejemplo, ha dado luz verde a la creación de un centro de control anti ‘fake news’ en Barcelona, que se pondrá en marcha en los próximos meses y empleará a unas 500 personas.

Encargar a estas plataformas —que no dejan de ser empresas privadas, cuyo principal objetivo es ganar dinero— la tarea de controlar la proliferación de noticias falsas, generalmente en base a algoritmos y procesos automatizados, tampoco está libre de peligros. “El principal riesgo de ello es sobrerregular, censurar contenido, enjuiciar a las personas por crear contenidos y restringir la libertad de prensa y otros derechos, así como desencadenar la autocensura”, apunta en un artículo en eldiario.es Miren Gutiérrez, directora del Programa de posgrado de Análisis de Datos en Deusto.

En todo caso, parece evidente que nadie puede responsabilizarse en exclusiva de la ingente tarea que supone el control y la lucha contra las noticias falsas. Tamaña empresa necesita de la implicación mesurada y sensata de muchos agentes, con especial atención en los creadores y consumidores de contenidos.

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